miércoles, 28 de enero de 2015

Polvo sobre Polvo

Era una tarde polvorienta, oscura, el poco brillo que quedaba de la tarde se colaba entre las ásperas y rojizas cortinas que cubrían una quebrada ventana a medio cerrar. Es solo otro día en el que he vuelto a beber demasiado pronto, gotas de whisky se escurren sobre mi esófago, como el agua gotea en una vacía y renegrida cueva. Tengo la televisión apagada, las noticias fúnebres y los concursos de ver quién es más listo o más tonto, me han cansado lo suficiente ya por hoy, quizás para siempre. Me levanto algo indispuesto, aturdido, el licor ha hecho de las suyas, creo que voy a vomitar.


Tras hora y media atrincherado en el baño, me encuentro desfallecido, muy mareado. Me acerco dando pasos trastabillados hasta la cocina, por el camino, observo el desastre que es mi piso, unos cuarenta metros cuadrados, prácticamente sin amueblar, sin pintar, las paredes están levantadas y poseen un color que es semejante a una mezcla de verde y ocre, realmente repugnante. De vez en cuando suelen aparecer ratones, al final será que no estoy tan solo. Llego a la cocina, abro el frigorífico cuya puerta rechina como la voz de mi ex-jefa, si, ex-jefa. La muy zorra me despidió anteayer. Para no sorpresa mía, no hay nada, tan solo dos cervezas que guardo desde hace siglos por si alguien se dignaba en venir a verme, un limón que no sé que narices hace ahí, supongo que en toda casa hay uno, “El típico cortado a la mitad, ya magullado y casi sin pulpa ni energía” y finalmente hallo mi futura merienda, un paquete de queso curado ya cortado que está casi más verde que mis paredes, pero que remedio. Supongo que de algo hay que morir, y esta tarde si no es por ésto, sera por aquello.


Una vez finalizado mi gran y delicioso manjar, cojo por última vez mi móvil. Quizás haya un mensaje, una notificación que me devuelva las esperanzas y las ganas de vivir. Con las manos grasientas del queso manchego, mantengo la fría tecla que enciende el teléfono, pero bendita mi suerte, está sin batería... Con un gran enfado, suelto un fuerte suspiro y me levanto de la silla con firmeza y recelo, me dirijo con paso rápido y ofuscado hacia el cajón donde se encuentra el dichoso cargador, y de paso coger mi billete de ida.


Conecto el aparato, se enciende, y con impaciencia escribo la contraseña. Nada, no tengo nada. Ni mensajes, ni notificaciones, nada. Lanzo el móvil por la mesa... ¿En qué ha fallado mi vida?, ¿Cuándo fue que me quedé solo? Ah si, ya recuerdo, fue cuando empecé a ser yo, cuando empecé a decir verdades como puños, a bailar como John Travolta en un agitado local nocturno, a conducir en zigzag... Ah si, me quedé solo cuando empecé a beber. Me gustaría decir que mi novia me dejó también por ello, pero hace años que no sé lo que es eso, eso sí, sé hasta donde tienen los lunares las putas del “Chandelier” Ellas si me querían, me sonreían... Por ochenta euros la hora ya les valía... Bueno lo que venía diciendo, nada. Entonces cojo mi polvoriento revólver Magnum del calibre cuarenta y cuatro, ni uno más ni uno menos. Lo adquirí por Amazon hace un par de meses, vivir en un barrio conflictivo es lo que tiene, pero esa es otra historia. Por cierto muy correcto el servicio de mensajería, dejo este mundo pero lo dejo con un sistema de reparto terriblemente sensacional. Bueno prosigo, lo cojo, abro el tambor e introduzco con mucha delicadeza cada una de las seis relucientes balas, solo necesitaré una pero joder he pagado trescientos pavos, que se
desgasten del roce pal menos. Cargo el arma y lo apunto directamente a mi boca. Diría algunas palabras de despedida pero ya sabéis, tengo el arma entre los labios. Jamás me he sentido tanto como una de las prostitutas de mi querido club de alterne. Voy a apretar el gatillo, me dispongo a despedirme de este vil y aterrador mundo y sin más dilación...


¿Qué esperabais? ¿Un giro de guión? ¿Una llamada repentina de algún admirador secreto? No, esto es la vida real. He hecho cosas que no debería. Y como todo en esta vida, hay que pagar por ello. La soledad viene condicionada por nuestros actos, acciones y ahora ya no puedo evitarlas, olvidarlas. ¿El camino fácil? Probablemente si, pero disculpadme por no llevar capa ni espada. Todos buscamos lo fácil al igual que todos queremos ser ricos sin mover un dedo. Este mundo. está lleno de hipócritas, marionetas, y yo el primero. Queremos sinceridad, pero cuando la encontramos la odiamos, odiamos que nos quiten la venda y nos hagan ver la realidad. Así me quedé solo, nadie me quería, y decidí apretar el gatillo cuando incluso yo, dejé de quererme.                                                                                                                            
                                                                                                                                      Antonio Crespo.

martes, 27 de enero de 2015

El Laurel

Paseo descalzo sobre una senda sombría y tenue, es una senda como de piedra, áspera, en un cierto punto incomoda. Me encuentro algo desorientado, desubicado algo confuso, desconozco por qué estoy aquí. Hace una temperatura idónea, ni frío, ni calor, perfecta. Si que corre una ligera brisa que me invita a caminar. No se ve nada al horizonte, tan solo diviso los tonos grisáceos de los que se compone el pavimento. De repente algo brota de las penumbras, algo con forma arborescente. Se encuentra a unos veinticinco metros de distancia. Decido correr hacia ello, pero no siento el control de mis piernas, no sé que me ocurre, avanzo pero no a la velocidad que me gustaría. Mientras me cuestiono si estoy haciendo lo correcto, pero sigo empecinado.


Ya consigo distinguir la clase de árbol que es, parece un Laurel, es el más bonito y espléndido que haya visto. Estoy a pocos metros, hay algo en él que me atrae. Me siento narcotizado, siento una necesidad irascible e irrevocable de llegar, me emociona el mero hecho de pensar en acariciarlo. Y justamente cuando estoy a punto de arribar, algo me obstaculiza. Hay una especie de pared, un muro cristalino, intento rodearlo pero el vidrio cubre el Laurel como si de una cúpula se tratara. Lo golpeo, lo golpeo con todas mis fuerzas, pero no hago más que dañarme, es irrompible, inquebrantable. Mis piernas tiemblan, de mi nace un nerviosismo atronador y aterrador producido por tal impotencia. Doy un grito maldiciendo mi suerte. Decido sentarme, el suelo está frío y algo húmedo, la temperatura está empezando a decaer, lo tengo ahí casi puedo olerlo, casi puedo sentirlo.


 Ha pasado ya un tiempo, estoy helado, todo el sendero recorrido vertiginosamente, y justo cuando estaba más cerca, ese dichoso y caprichoso cristal me priva de mi tan ansiado e inesperado anhelo. Desde el suelo con las pocas fuerzas que me quedan sigo arremetiendo contra el cristal, pero no consigo más que ensangrentar mis puños. La temperatura sigue disminuyendo. Sollozando alzo la vista hacia al árbol. Repentinamente una llama empieza a brotar de una de sus hojas, poco a poco va consumiendo las ramas y con ella mis deseos. Ya casi no puedo articular ninguna parte de mi cuerpo, rompo a llorar, veo mi reflejo en mi tormento, contemplo mis lágrimas caer, ojalá pudiera apagar el fuego con ellas, pero no, es demasiado tarde, no hay nada que yo pueda hacer. Me resigno, y adopto una posición más desahogada, con mis nudillos bañados en sangre y dolor contra mi pecho. Conforme el Laurel arde, va perdiendo su brillo y mi alrededor se va tornando cada segundo más y más oscuro, dantesco y frío. Y justo cuando exhalo mi última respiración, el árbol se termina de consumir. No queda nada de luz en el ambiente, todo está envuelto en tinieblas y oscuridad. Todo está muerto y yo muero con ello.                                                                                                                        

                                                                                                                                    Antonio Crespo.