Paseo descalzo sobre una senda sombría y tenue, es una senda como de piedra, áspera, en un cierto punto incomoda. Me encuentro algo desorientado, desubicado algo confuso, desconozco por qué estoy aquí. Hace una temperatura idónea, ni frío, ni calor, perfecta. Si que corre una ligera brisa que me invita a caminar. No se ve nada al horizonte, tan solo diviso los tonos grisáceos de los que se compone el pavimento. De repente algo brota de las penumbras, algo con forma arborescente. Se encuentra a unos veinticinco metros de distancia. Decido correr hacia ello, pero no siento el control de mis piernas, no sé que me ocurre, avanzo pero no a la velocidad que me gustaría. Mientras me cuestiono si estoy haciendo lo correcto, pero sigo empecinado.
Ya consigo distinguir la clase de árbol que es, parece un Laurel, es el más bonito y espléndido que haya visto. Estoy a pocos metros, hay algo en él que me atrae. Me siento narcotizado, siento una necesidad irascible e irrevocable de llegar, me emociona el mero hecho de pensar en acariciarlo. Y justamente cuando estoy a punto de arribar, algo me obstaculiza. Hay una especie de pared, un muro cristalino, intento rodearlo pero el vidrio cubre el Laurel como si de una cúpula se tratara. Lo golpeo, lo golpeo con todas mis fuerzas, pero no hago más que dañarme, es irrompible, inquebrantable. Mis piernas tiemblan, de mi nace un nerviosismo atronador y aterrador producido por tal impotencia. Doy un grito maldiciendo mi suerte. Decido sentarme, el suelo está frío y algo húmedo, la temperatura está empezando a decaer, lo tengo ahí casi puedo olerlo, casi puedo sentirlo.
Ha pasado ya un tiempo, estoy helado, todo el sendero recorrido vertiginosamente, y justo cuando estaba más cerca, ese dichoso y caprichoso cristal me priva de mi tan ansiado e inesperado anhelo. Desde el suelo con las pocas fuerzas que me quedan sigo arremetiendo contra el cristal, pero no consigo más que ensangrentar mis puños. La temperatura sigue disminuyendo. Sollozando alzo la vista hacia al árbol. Repentinamente una llama empieza a brotar de una de sus hojas, poco a poco va consumiendo las ramas y con ella mis deseos. Ya casi no puedo articular ninguna parte de mi cuerpo, rompo a llorar, veo mi reflejo en mi tormento, contemplo mis lágrimas caer, ojalá pudiera apagar el fuego con ellas, pero no, es demasiado tarde, no hay nada que yo pueda hacer. Me resigno, y adopto una posición más desahogada, con mis nudillos bañados en sangre y dolor contra mi pecho. Conforme el Laurel arde, va perdiendo su brillo y mi alrededor se va tornando cada segundo más y más oscuro, dantesco y frío. Y justo cuando exhalo mi última respiración, el árbol se termina de consumir. No queda nada de luz en el ambiente, todo está envuelto en tinieblas y oscuridad. Todo está muerto y yo muero con ello.
Antonio Crespo.
Ya consigo distinguir la clase de árbol que es, parece un Laurel, es el más bonito y espléndido que haya visto. Estoy a pocos metros, hay algo en él que me atrae. Me siento narcotizado, siento una necesidad irascible e irrevocable de llegar, me emociona el mero hecho de pensar en acariciarlo. Y justamente cuando estoy a punto de arribar, algo me obstaculiza. Hay una especie de pared, un muro cristalino, intento rodearlo pero el vidrio cubre el Laurel como si de una cúpula se tratara. Lo golpeo, lo golpeo con todas mis fuerzas, pero no hago más que dañarme, es irrompible, inquebrantable. Mis piernas tiemblan, de mi nace un nerviosismo atronador y aterrador producido por tal impotencia. Doy un grito maldiciendo mi suerte. Decido sentarme, el suelo está frío y algo húmedo, la temperatura está empezando a decaer, lo tengo ahí casi puedo olerlo, casi puedo sentirlo.
Ha pasado ya un tiempo, estoy helado, todo el sendero recorrido vertiginosamente, y justo cuando estaba más cerca, ese dichoso y caprichoso cristal me priva de mi tan ansiado e inesperado anhelo. Desde el suelo con las pocas fuerzas que me quedan sigo arremetiendo contra el cristal, pero no consigo más que ensangrentar mis puños. La temperatura sigue disminuyendo. Sollozando alzo la vista hacia al árbol. Repentinamente una llama empieza a brotar de una de sus hojas, poco a poco va consumiendo las ramas y con ella mis deseos. Ya casi no puedo articular ninguna parte de mi cuerpo, rompo a llorar, veo mi reflejo en mi tormento, contemplo mis lágrimas caer, ojalá pudiera apagar el fuego con ellas, pero no, es demasiado tarde, no hay nada que yo pueda hacer. Me resigno, y adopto una posición más desahogada, con mis nudillos bañados en sangre y dolor contra mi pecho. Conforme el Laurel arde, va perdiendo su brillo y mi alrededor se va tornando cada segundo más y más oscuro, dantesco y frío. Y justo cuando exhalo mi última respiración, el árbol se termina de consumir. No queda nada de luz en el ambiente, todo está envuelto en tinieblas y oscuridad. Todo está muerto y yo muero con ello.
Antonio Crespo.
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